atiempan al tunel que exhala
otra y otra vez un tren.
Impacta en el rostro de Rosa su aliento,
le cierra los ojos
mientras contiene la respiración.
Imagina la brisa de playa en su cara de niña,
una playa que le queda a distancia en años,
diez para ser exactos
desde que debió dejar aquel paraiso.
Guardó todo en sus cajones
pero le salen siempre recuedos por alguna parte.
Un bullicio le hace breve el sueño
aún cuando la gente que lo lleva
se diluye tan intempestivamente como ha aparecido.
Rosa se nombra en voz baja a sí misma,
contesta,
e inicia una conversación.
Casi ni mira a aquellos
con quienes en ocaciones
el instrumento con el que va limpiando el piso choca.
Le gusta su trabajo por que puede estar donde quiera
recorriendo siempre el mismo sitio.
La rutina le permite desplazarse en pensamientos
que parecen los mismos.
Sus días pasan por un andén del metro
que cada uno y medio minutos
se atesta de gente,
algunos también presos de sí, como Rosa,
a quien no miran
mientras viajan refugiados en su mente.