miércoles, enero 24, 1996

Pulsaciones flourecentes...



atiempan al tunel que exhala

otra y otra vez un tren.

Impacta en el rostro de Rosa su aliento,

le cierra los ojos

mientras contiene la respiración.

Imagina la brisa de playa en su cara de niña,

una playa que le queda a distancia en años,

diez para ser exactos

desde que debió dejar aquel paraiso.

Guardó todo en sus cajones

pero le salen siempre recuedos por alguna parte.

Un bullicio le hace breve el sueño

aún cuando la gente que lo lleva

se diluye tan intempestivamente como ha aparecido.

Rosa se nombra en voz baja a sí misma,

contesta,

e inicia una conversación.

Casi ni mira a aquellos

con quienes en ocaciones

el instrumento con el que va limpiando el piso choca.

Le gusta su trabajo por que puede estar donde quiera

recorriendo siempre el mismo sitio.

La rutina le permite desplazarse en pensamientos

que parecen los mismos.

Sus días pasan por un andén del metro

que cada uno y medio minutos

se atesta de gente,

algunos también presos de sí, como Rosa,

a quien no miran

mientras viajan refugiados en su mente.